10 mar. 2010

Lucio Flores Prado (G.E.P -Fiscal)- Huamachuco

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POEMAS VELADOS

I

La noche arrastra la luna

turbia,

efervescente.

En tus senos un ritual

quiebra sus garrafas

gimen mis manos

y se hunden crepitantes

mas abajo de las madreselvas

en la recóndita fragancia de las violetas

en la textura genital

de

tu

sombra

recostada sobre mi hombro.

II

Resplandor de tu cuerpo

fragmento dulce de mayo

Tu mirada

tiene la

intensidad

del gorrión reclamando

la mañana.

III

No llego a ti,

sólo

un viento mece su torpeza en las fucsias

y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche.

Esta lejos.

Y para llegar a ti

prendo un vela en el fondo oscuro de mi casa

pueda que llegues

repentina

como siempre.

Descuidado corazón de higo maduro,

entraña de sueño.

Arden mis labios sobre las palmas de tus manos,

surcan la noche de una estrella a otra

miden orillas, desbordan precipicios.

IV

Esta tarde ha crecido con tu ausencia,

ha granizado

ha esgrimido sus relámpagos

y los tapiales amusgados

se ha desboronado en silencio.

Y yo colibrí vespertino

busco en vano,

giro erizado de luz,

quieto, sobre una astilla de árbol

y te extraño.

Aroma de corola

corola de luz

flor de mi corazón.

Te extraño...

V

Tu cuerpo horizontal creciendo

entre mis manos

su fragancia plena en el borde

vertical de tu vientre.

Mulata luminosa

adherida a mis brazos,

como musgo y liquen trepando mi pecho

viviendo de mí.

Te amo

en la ternura impalpable

entre las comisuras

del oscuro trance.

Cada vez que fumo

como en tormenta insostenible

abordo tus labios

aferro tu cuerpo

y despierto

quemándome

ardiendo entre mis dedos

el cigarro

y tus manos ausentes.

Lucio Flores

Huamachuco, 03 de noviembre de 2004

PIEL DE MOFETA



Luis Leoncio Flores Prado

En el día era un pueblo claro, el sol estallaba en las paredes tarrajeadas de tierra blanca. Uno caminaba al medio día escuchando como crujían las puertas viejas de madera. El canto de los gallos se iba repitiendo hasta las últimas casitas, allá lejos subiendo una cuesta de eucaliptos, en Alto Chamana.
En las noches un viento plomizo raspaba las paredes; arrancaba las hojas secas de los saúcos, y, las arrastraba sobre el empedrado de las pocas callejas del pueblo. Pero también había noches quietas como ésta. Era la novena de San Martín de Porres, a nuestra casona llegaba el aroma del café recién tostado. Sobre la calle, las pocas tiendas que no cerraban aún, arrojaban un triste retazo de luz. Cuando una racha de viento, trajo el acre olor a zorrillo. Una vieja envuelta en un pañolón azul, asustada de mi sombra escondida en el vano del portón, se pasó a la otra vereda diciendo:
— ¡Taitito! Como “hiende” ese animal del diablo.
Al entrar a mi casa, escuché al perro correr desesperado en la huerta, cogí el bastón nudoso que adornaba la pared de la sala. La luna alumbraba poco, menguando entre las nubes oscuras, azuce al gran danes. Rastreaba entre los matorrales, entre las parcelas de lechugas, rabanitos, zanahorias, iba y venía, gimiendo, gruñendo, hasta que llegó al pie del gorobado tronco de un viejísimo queñual, cuyas ramas rozaban un ventanuco a la espalda de la sala. Ahí, Marcus, mi perro, se paró en las dos patas y ladró arriba, donde no entraba ni la luz del sol en el día. Arrojé algunos terrones, escuchando la reacción del ser que había causado el alboroto. Nada. La noche seguía quieta, acre. Retorné resoplando a la sala, colgué el bastón, la antigua mecedora del abuelo me sintió temblar. La larga sombra del perro encaracola al quicio de la puerta, rasca el tapete y se acuesta fastidiada.
La luz de la bombilla era baja y amarilla. Las fotos en la pared lucían más antiguas. Al lado de la piel lustrosa de zorrillo, una máscara narigona se reía de mi apuro. Dormía ya cuando un golpe seco en el piso me sobresaltó, salí nuevamente veloz, con el retorcido garrote en la mano, al ingresar a nuestra cenicienta cocina pise unos pedazos de algo blando y resbalé aparatosamente, cuando prendí la luz, en el suelo los restos de unas papas que el abuelo guardaba como semilla, estaban devoradas malamente, despedazadas. Entre las raicillas y cáscaras el costal de yute tenía un largo desgarrón. Cogí el madero y llame con cólera al can:
— ¡Marcus! Perro dañino ¿dónde andas?
Y agachando la cabeza llegó a la puerta, mirando mi cólera y el bastón, se encogía en señal de humildad, moviendo ligeramente la cola. Intente cogerlo para revisar su boca, pero huyó. Estaba oliendo terrible, mañana mismo lo llevaría al río a bañarlo. Volviendo a la mecedora escuche como tomaba agua a grandes bocanadas en las tinajas del patio.
Meciéndome contemplaba aquella piel de zorrillo, negra, lustrosa, sobre el lomo dos listones tupidos de cerdas blancas. El campesino que me había vendido dijo que lo capturó por agravioso. Y si, claro, lucía unas afiladas garras en las manos y pies, duras y blanquecinas, creo que seguían creciendo, aún después de sacrificarlo. Su cabeza en forma de triángulo, con unos rasgados ojillos. Su cola esponjosa rematada por una mancha blanca.
El frío me hizo traer un poncho de color tabaco; vertí café humeante en una onza de coñac. Los tañidos broncos de las campanas de la iglesia mayor, resonaron en el pueblo. No demorarían mucho en retornar la familia del novenario. Fortalecido por los sorbos calientes del café y emponchado, decidí dar unas vueltas por la solitaria plaza. A pesar de las farolas y la luna, retazos de neblina difuminaban contornos. A la segunda vuelta de la gran plaza, a unos pasos míos atravesó, impertinentemente, con la cola negra erguida, amenazante. Su caminar garboso, rasguñando las piedras de la calzada, ocupadísimo para percatar mi presencia, era un zorrillo negro perdiéndose entre la bruma, el aire nuevamente tenía su olor. Escupí varias veces el pestilente hedor, y retorné a la casona.
Al ingresar Marcus estaba furibundo ladrando a la puerta cerrada de la sala, se paraba en sus dos patas intentándola abrir, corría hacia la huerta y volvía desesperado. Remangue el poncho, en la cocina cogí un mellado machete, prendí todas las luces, abrí el portón de la sala de par en par. Nada. Desde el alto ventanuco se filtraba el olor acre de zorrillo. Me deje caer en la mecedora, pero me incorporé atónito, temblando; el perro entró y se puso a gruñir y ladrar, los dos mirábamos ahí donde una vez había estado la piel de la mofeta, ¡no había nada! Sólo rasguños oscuros en la pared que llegaban a la alta ventanilla. El hedor a zorrillo era insoportable. Hasta la madrugada revise toda la casona. No encontré la menor huella del animal o su pellejo.
Los campesinos cercanos al pueblo no pueden cazar un escurridizo zorrillo, que les revuelve surcos enteros de su mejor papa, en busca de aquellos gusanos blancos y gordos de los que se alimenta. En esas noches de luna menguante el hedor es mas fuerte.
A los tiempos, donde estuvo el cuero de animal he puesto un insomne reloj, pero aún así, a veces despierto en la mecedora, esperando ver de nuevo esa piel estirada, con su crin lustrosa, y no esos rasguños que aún marcan la pared. Mi perro no ha olvidado también, antes de dormir gruñe al reloj, y cuando despierta da unos ladridos roncos, sofocados a las huellas patizambas que huyen pared arriba.

Clístenes el colibrí errante


Oscurecía. Entre los canaquiles verduzcos, sangrando su ámbar savia, congeladas lágrimas de goma arabica por inmisericordes tajos en sus cortezas, un vientecillo esparcía el chirrido áspero, penetrante de un “montaco”.
La tarde lila. En el brazo más alto de un robusto “pate”, bajo cuyo sobaco adheridos unos caracoles pardos en espera de las lluvias; sobre él una pareja de torcazas se arrullaban. Habían pasado todo el día persiguiéndose, buscando juntas insectos entre la hojarasca, acezando por el calor de la tarde, avizorándose los peligros; ya pronto sería tiempo de hacer nido, ahora descansaban lejos de las piedras voladoras de los rapaces que cuidaban los sembríos; abajo al fondo del valle el río Chusgón, calmo, se deslizaba apacible llevando de sus riberas el reflejo de los sauces llorones, de los alisos, de las cortaderas con sus meditabundas flores, de las vespertinas estrellas. Alisándose semidormidas las torcazas, espectaban el lento avance de una camioneta por la brecha rojiza, allá no muy lejos, en la carretera.
Una detonación deshojo algunos hualangos, vomitó un breve relámpago, y allá en la fronda aleteo sobre el tronco antes de caer al suelo la torcaza; el “pugo” salió volando bajo, y se poso mucho mas lejos, sobre un “culsón” espinoso, tiritando sus alas, miraba azorado, si había retorno de su compañera.
De sobre el capot de la camioneta una voz campesina:
- ¡cayo una nomás monseñor!
Y desde la puerta abierta de la cabina, quebrando con cuidado la escopeta y extrayendo los cartuchos, una calva con algunos crespos canos sobre las sienes, y en neto español:
- Pues hombre vete a cobrar la pieza, antes que la noche nos coja por acá.
Oyó acercarse los pasos entre la hojarasca y las piedrecillas sueltas, vio los llanques viejos, y desde la arboleda emergió velocísimo, pequeño y fulgurante. Quebró su vuelo lineal y se sostuvo en el aire, girando en círculos. El vaho de la ceja de selva se mezclaba con el parpadeo de algunas luciérnagas enamorándose. Emitió un crujido agresivo y zumbando trasmontó las quebradas, arriba donde nacían los ríos; sólo a veces en las peñas ariscas unas flores de “mum mum” lo entretuvieron. Raudo llegó a un bosque de sombríos alisos. Había anochecido. En la copa del mas robusto árbol, el colibrí errante, esponjándose para soportar el frío durmió la noche.
La mañana llegó con unas nubes que se arrastraban entre los árboles humedeciéndoles.
Unos zorzales, casi cenicientos con picos y patas coralinas empezaron a alborotar el follaje. Desde la pared inaccesible de la cañada, salió de su ahujero horadado en la arenisca, gritando escandalosamente una gallareta picuda.
Una pareja de tordos, peleándose, despedazaban granos de maíz en sus recios picos. A saltos y vuelos cortos seacercaron donde reposaba el colibrí, éste, hizo vibrar sus alas un instante, sacudió su cuerpecito, y su ligerísima sombra enrumbó veloz tras él.
Había tenido impulsos de oscilar en el aire, bailando ante otros pájaros, se posó en las ramas más altas, pió a los vecinos y nadie lo entendió. Lo ignoraron, y a veces chillaron amenazantes.
Fugaz atravesó gélidas punas cubiertas de ichu, cuyas pajas lucían escarcha blanca en sus puntitas.
En su trayecto al borde de los caminos, cercando las chacras el agave azul erguía altísimas inflorencias, bebió el néctar rápido en las múltiples flores del maguey.
El viento castañeteaba las duras semillas de un inmenso “nabisco”, entre sus ramazones deshojados eligió el mas inaccesible para posar sus cortas patitas. No duro mucho su descanso. En un solitario eucalipto se delineo entre la fronda un gigantesco búho de espaldas, esté, giro sólo la cabeza, unos ojos de mandarina, terribles, midieron las distancia entre él, y el colibrí errante, y, sus garras complacidas hincaron la corteza olorosa. El picaflor huyó aterrado.
Se sintió huérfano en las inmensas sierras. Cansado de vagar, siguió una polvorosa trocha, a la orilla de un inmenso espejo; arriba el cielo añil, abajo azul acero. Pió de contento, hizo zumbar sus plumas al verse cruzando el fondo arenoso de Sausacocha. Volvió a cruzar y un cauto oleaje borró su imagen. Retornó triste, convencido de que era el único, que nadie tenía plumas turquesas, azules, doradas, rojas, metálicas, capaces de reflejar el sol.
Un silencioso caserío con generosos jardines trajo su atención, delante de cada casa, bulgavillas: trepando los portones bulgavillas rojas; derramando sus flores sobre las pircas, bulgavillas moradas; encaramándose a los árboles cercanos, bulgavillas naranjas.
Y dentro en los jardines, cantutas, fucsias, gladiolos. Estuvo entretenido toda la mañana, su pico como una espina marrón de “karakashua”, estaba impregnado de polen, amarillito.
Llenó de néctar se puso a descansar bajo un alero de tejas rojas. Atisbo todos los jardines y decidió vivir ahí.
Conoció a pájaros piernas largas; a patillos iracundos que se precipitaban desde alto a las aguas de la laguna cercana. Ahí fue la primera vez que siguió con curiosidad a una descuidada picaflor, ella no se dio por aludida, y desapareció tras un cerro carcomido, donde unos negros socavones tragaban a los hombres y en la tarde los escupían flacos, empolvados. Y otros, casi ya entrada la noche, portando una triste lámpara de carburo, eran engullidos hasta la mañana siguiente.
A su retorno al caserío lo distrajeron unas “achupallas”, aquellas bromelias rojas, sobre unos árboles oscuros, viejísimos; cargados de un enredijo de liquen plomizo descolgándose. Un floripondio emanaba fragancia desde una multitud de flores cremas, desde él, se puso a contemplar el riachuelo que bajaba vivaracho, topeteando con pelados pedrones, lambiendo el límpido cascajo de sus riberas.
Siguió el curso y fue a dar con un precipicio, donde el agua bufaba cayendo en una poza redonda....

III
No llego a ti,
sólo
un viento mece su torpeza en las fucsias
y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche.
Estás lejos.
Y para llegar a ti,
prendo una vela en el fondo oscuro de mi casa;
pueda que llegues
repentina
como siempre.
Descuidado corazón de higo maduro,
entraña de sueño.
Arden mis labios sobre las palmas de tus manos,
surcan la noche de una estrella a otra
miden orillas, desbordan precipicios.

Datos Biográficos:

Luis Leoncio Flores Prado, nació en Huamachuco, donde estudió la primaria y terminó la secundaría en el Colegio Nacional San Nicolás, estando a cargo de la organización y Funcionamiento de la Biblioteca del Turno Nocturno.

En agosto de 1984 ocupó el primer puesto en el Concurso Literario referente a la Vida y Obra de Florencia de Mora de Sandoval, organizado por la Beneficencia Pública de Huamachuco

Estudios Superiores incompletos de la Especialidad de Historia, en la Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle”, y en la Universidad Mayor de San Marcos en la especialidad de Arte.

Representando al Municipio Provincial de Huamachuco, fue el encargado de trasladar al Museo del Banco Central del Reserva del Perú, el óleo con el retrato de José Faustino Sánchez Carrión para su restauración en junio del 2002.

Integrante del Comité de Defensa de los Derechos Humanos de Sánchez Carrión, responsable de las Juntas Coordinadoras, como tal a asistido a eventos organizados por APRODEH, el Instituto de Defensa Legal , Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

Fue Presidente del la Asociación de Escritores y Artistas en Sánchez Carrión, ASESAR-SC, ahora es el Presidente de la Asociación de Escritores "Ciro Alegría" en Huamachuco, periodo 20100 - 2011.

Dentro del Gremio Nacional de Escritores desempeña el cargo de Fiscal. 2010 - 2011.

Ha publicado:

"Oscura Invocación" -Poemario 2002

"Corazones Galgas Despeñándose" -Relatos, cuentos 2008

“El Quishpi Cóndor”. -Analisís antropologico de una danza milenaria.

“Chuyugual” “Memoria de uno de los ahijaderos de Florencia de Mora y Escobar para los indios de Huamachuco”. - Historía Colonial.

Participa en:

Revista Literaria Granizolunar

Katipando boletín del la Asociación de Escritores Ciro Alegría.

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