4 mar. 2010

JOSE MARIA ARGUEDAS ES DE TODOS LOS PERUANOS


Por: Samuel Cavero Galimidi ©

Los escritores peruanos –sin que esto sea una generalización o diatriba– antes que dedicarnos a escribir bien y ser artífices de la palabra creando y divulgando siempre nuestras creaciones y ser además promotores de lectura en nuestra sociedad, somos hombres muy apasionados a realizar homenajes póstumos a otros. Lo que no está mal pero no es nuestra única tarea ni debemos distraernos en aspectos no relevantes si es que a eso vamos. En esa línea los centenarios continúan y el de Arguedas se acerca.

Y esta es una invitación para que por todos leamos y releamos con ojo crítico los interesantes estudios de Arguedas hechos por distinguidos escritores, catedráticos e investigadores, entre ellos: Francisco Carrillo, Tomás G. Escajadillo, Ricardo Gonzáles Vigil, Alberto Escobar, Mildred Merino de Zela, Joaquín de Montezuna de Carvalho, Luis Alberto Ratto, Emilio Adolfo Westphalen, Jhon V. Murra, Mario Vargas Llosa, Humberto Collado Román, Humberto Collado Román, Roland Forgues, entre otros.

Su pensamiento y acción deben valorados y ser analizados, a mí entender, de manera objetiva y desapasionada; vale decir no solo con Encuentros y Congresos de escritores, sino además y fundamentalmente con: congresos de antropología, concursos literarios, de ensayo y folklore que honren su literatura y pasión artística, con recitales de música, pasacalles, con talleres literarios, muestras de teatro, cine, conferencias y lecturas de sus obras en lugares públicos y centros educativos, todo estro sin excesivos apasionamientos ideológicos y políticos.

Soy contrario a la sobreestimación o subestimación ideológica y política del pensamiento arguediano. Prefiero lo literario y su obra monumental como legado eterno. Creo que la mejor manera de honrar el pensamiento de José María Arguedas es valorarlo en su exacta dimensión literaria, científica, académica y humana.

Según el investigador Rodrigo Montoya nuestro escritor nunca fue un militante organizado de izquierda. Pasó por la izquierda, en un momento fugaz de su vida en 1931, y fue una experiencia muy dolorosa para él. Desde 1931 hasta 1964 anduvo solo en un combate aislado. Su propia vida en familia está marcada por un sino de gitanismo, tragedia y fatalidad. En ese sentido lo que se debe valorar sobretodo en José María es el discurso, sus aportes antropológicos, su apostolado y su literatura de gran respeto por la cultura quechua y por la cultura indígena en general, que estuvo sustentado en la práctica por un reconocimiento y valoración. Con Arguedas y su literatura el Perú y Latinoamérica se han fortalecido en su alma e identidad cultural.

Es verdad que José María Arguedas es un creador genial, irremplazable, vital, multidimensional, reformador de una nueva nacionalidad, gran apasionado en la trincheras del arte y la reflexión, lo que nos obliga en el Centenario de su nacimiento que estamos próximos a conmemorar (cuidado que su centenario real no es el 2010 sino el 2011, pues nació el 18 de enero del 1911) a entenderlo en toda su complejidad y entender al Perú como totalidad social, donde lo indígena, lo campesino, lo andino, lo cholo, no sea politizado, exacerbado, , excluido, minimizado o ignorado.

¿Dónde debe ser homenajeado Arguedas?

En todo el Perú, y fundamentalmente en todos los centros educativos y culturales, independientemente de otros homenajes y recogimientos nacionales e internacionales. Bien merecido los tiene. Un lugar vital es Andahuaylas, ciudad donde nació, pero no es la única, ni debe serlo. Asimismo está Lima, ciudad donde vivió, estudió, trabajó intensamente y falleció. La universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Agraria fueron centros rectores de su saber y su pensamiento. Vemos lo que dice de Sana Marcos:

“Cuando ingresé a la Universidad de San Marcos de Lima, en 1931, encendido mi espíritu por la revista Amauta y la promesa de un mundo mejor para todos los hombres, revisé la literatura que se había escrito sobre el Perú andino. La encontré inauténtica, pero ella me sirvió de guía. Ahora admiro y respeto a sus autores. Prometí, entonces revelar el mundo que ya había vivido. Prometí ofrecer la imagen veraz de ese mundo” (1).

Al referirse a la revista Amauta se refiere sin duda a José Carlos Mariátegui, le preocupaba que el movimiento dirigiera sus miras a comprender ante todo el problema de nuestro tiempo que no radica en saber cómo ha sido el Perú, “sino en saber cómo es el Perú”. Y Arguedas elabora esa visión compleja a través de su obra literaria (2).

También se propone otras ciudades que no pueden permanecer ajenas a este trascendental homenaje a Arguedas en su Centenario, ellas son Huancayo, Cuzco y especialmente Ayacucho, lugares donde estuvo viviendo e investigando, oteando los paisajes, recolectando temas literarios y presentado incluso estudios etnográficos. Chimbote, ciudad de la póstuma novela Los Zorros de Arriba, Los Zorros de abajo. Luego Santiago de Chile, ciudad donde residió, se enamoró de la chilena Sybila Arredondo desde 1964 y vive con ella un maravilloso romance haciéndola su segunda esposa, ambos hicieron valiosas amistades de intelectuales y José María intentó curarse de sus obsesiones, depresiones y ser feliz volviendo a Chile varias veces. La distinguida psiquiatra Lola Hoffmann atendió a Arguedas y Murra en los años sesenta. Sus obras publicadas: Sueños, un camino al despertar (1968).

Luego merece conocerse como parte de su itinerario personal Arequipa, que figura en su diario, ciudad donde residió su esposa. Luego fundamentalmente la ciudad de Puquio, lugar donde nací y que tanto ha servido para enriquecer su obra literaria. Su libro clásico Puquio, una cultura en proceso de cambio, es por ejemplo un texto de antropología religiosa sobre esta región andina de Lucanas. Le siguen su obra clásica y monumental Todas las Sangres que se inspira en toda la imaginería, tradiciones, rituales, importante historia y cultura andina del pueblo de Puquio. Experiencia vital. Los grandes músicos y danzantes andinos, especialmente los de Puquio y Huamanga se hallan representados de manera espectacular en la narrativa de Arguedas. Sobre Puquio y los comuneros de los cuatro ayllus nos dice que fue en ellos en quienes “sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza”.

Arguedas, recordemos, había vivido y bebido la ternura de los runas, durmió muchas veces debajo de los kiswares, estuvo siempre en contra de esa manera señorial prepotente, injusta y despectiva de mirar a la gente del ande. Y sus denuestos contra Ventura García Calderón, un escritor peruano que escribía desde Paris, sobre indios y cóndores que no conocía se dejaron sentir. Cuando en un número del Amauta leyó el listado de las características feroces de los indios en boca de otro escritor de talla como es Enrique López Albujar, sintió una enorme indignación. Arguedas debió leer todos los denuestos, desprecio y muestras de esta esclavitud contra los indígenas en las crónicas y El Mercurio Peruano. Incluso José María usa abundantemente el ancestral término peyorativo “indios”, con el que social y políticamente se marginó, enquistó y explotó a esta gente. Ahora ya pocos en nuestros grandes tiempos de mestizaje usarían ese término de por sí históricamente equivocado.

Hay un lado todavía no rescatado en su plenitud en Arguedas. Es descubrir en Arguedas al gran ecólogo, al poeta y narrador en relación con los hombres y la naturaleza; en sus notables escritos, como por ejemplo en Katatay (Editorial Horizonte, Lima, 1984) hay un gran caudal de entrañable amor y profundo respeto por la naturaleza, de reivindicación de la tierra, nuestra cultura andina y los dioses tutelares a través de la poesía y canto. Así también, como en Ciro Alegría y Alcides Arguedas, su gran literatura tiene la defensa del pobre y del indígena, un apasionado romance con los ríos, con los cielos, con los animales, y todo lo andino y prehispánico en general. De allí que Arguedas sea del pueblo. Pan del pueblo. Alma del pueblo. Arguedas decía con mucha razón algo que puede probarse históricamente:

“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que el representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres “alzamientos”, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora invencible…” (3)

El gran José María Arguedas, qué duda cabe, como Ciro Alegría, transformaron la conciencia social y política sobre la realidad y problemática de nuestras comunidades andinas respecto al otro Perú oficial centralista y urbano. Como Luis E. Valcárcel percibe claramente los movimientos del espíritu y el renacimiento indígena porque apuesta y cree en él. Valcárcel decía: “Es la raza fuerte, rejuvenecida al contacto con la tierra, que reclama su contacto con la tierra, que reclama su derecho a la acción. Yacía bajo el peso aplastante de la vieja cultura extraña”. (4)

Y me despido citando nuevamente al gran José María, cuyo espíritu estuvo atormentado y generoso, dulce e intimista, como he dicho está profundamente identificado con lo ecológico, con los andes y en especial con los animales y el mundo mítico que ellos representan:

“Creo tener, como todos los serranos encarnizados, algo de sapo, de calandria, de víbora y de killincho, el pequeño halcón que tanto amamos en la infancia. Pero en este momento recuerdo, siento, añoro muchos más a la pariwana”. (Segundo Diario de Arguedas) (5)

Referencias bibliográficas:

(1) Edgardo Pantigoso: La rebelión y la afirmación contra el indigenismo y la afirmación del pueblo en el mundo de José María Arguedas, Editorial Juan Mejía Baca, Lima, Pág. 202, 1981. Ver asimismo: José María Arguedas, “La literatura como testimonio y como contribución”. En Perú vivo. Lima, Librería-Editorial Juan Mejía Baca, 1966.

(2) Op. Cit., Pág. 20.

(3) Humberto Collado Román: El último atardecer de José María Arguedas, Editorial IRP, Pág.114, Lima, 2009.

(4) Luis E. Valcárcel, Tempestad en los Andes (1927), reedición de USMP, Pág. 11, Lima, 2000. Recomiendo ver además su: “José María Arguedas”, Revista Peruana de Cultura, Lima, diciembre de 1970.


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