13 mar 2010
10 mar 2010
Lucio Flores Prado (G.E.P -Fiscal)- Huamachuco
POEMAS VELADOS
I
La noche arrastra la luna
turbia,
efervescente.
En tus senos un ritual
quiebra sus garrafas
gimen mis manos
y se hunden crepitantes
mas abajo de las madreselvas
en la recóndita fragancia de las violetas
en la textura genital
de
tu
sombra
recostada sobre mi hombro.
II
Resplandor de tu cuerpo
fragmento dulce de mayo
Tu mirada
tiene la
intensidad
del gorrión reclamando
la mañana.
III
No llego a ti,
sólo
un viento mece su torpeza en las fucsias
y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche.
Esta lejos.
Y para llegar a ti
prendo un vela en el fondo oscuro de mi casa
pueda que llegues
repentina
como siempre.
Descuidado corazón de higo maduro,
entraña de sueño.
Arden mis labios sobre las palmas de tus manos,
surcan la noche de una estrella a otra
miden orillas, desbordan precipicios.
IV
Esta tarde ha crecido con tu ausencia,
ha granizado
ha esgrimido sus relámpagos
y los tapiales amusgados
se ha desboronado en silencio.
Y yo colibrí vespertino
busco en vano,
giro erizado de luz,
quieto, sobre una astilla de árbol
y te extraño.
Aroma de corola
corola de luz
flor de mi corazón.
Te extraño...
V
Tu cuerpo horizontal creciendo
entre mis manos
su fragancia plena en el borde
vertical de tu vientre.
Mulata luminosa
adherida a mis brazos,
como musgo y liquen trepando mi pecho
viviendo de mí.
Te amo
en la ternura impalpable
entre las comisuras
del oscuro trance.
Cada vez que fumo
como en tormenta insostenible
abordo tus labios
aferro tu cuerpo
y despierto
quemándome
ardiendo entre mis dedos
el cigarro
y tus manos ausentes.
Lucio Flores
Huamachuco, 03 de noviembre de 2004
PIEL DE MOFETA
En el día era un pueblo claro, el sol estallaba en las paredes tarrajeadas de tierra blanca. Uno caminaba al medio día escuchando como crujían las puertas viejas de madera. El canto de los gallos se iba repitiendo hasta las últimas casitas, allá lejos subiendo una cuesta de eucaliptos, en Alto Chamana.
En las noches un viento plomizo raspaba las paredes; arrancaba las hojas secas de los saúcos, y, las arrastraba sobre el empedrado de las pocas callejas del pueblo. Pero también había noches quietas como ésta. Era la novena de San Martín de Porres, a nuestra casona llegaba el aroma del café recién tostado. Sobre la calle, las pocas tiendas que no cerraban aún, arrojaban un triste retazo de luz. Cuando una racha de viento, trajo el acre olor a zorrillo. Una vieja envuelta en un pañolón azul, asustada de mi sombra escondida en el vano del portón, se pasó a la otra vereda diciendo:
— ¡Taitito! Como “hiende” ese animal del diablo.
Al entrar a mi casa, escuché al perro correr desesperado en la huerta, cogí el bastón nudoso que adornaba la pared de la sala. La luna alumbraba poco, menguando entre las nubes oscuras, azuce al gran danes. Rastreaba entre los matorrales, entre las parcelas de lechugas, rabanitos, zanahorias, iba y venía, gimiendo, gruñendo, hasta que llegó al pie del gorobado tronco de un viejísimo queñual, cuyas ramas rozaban un ventanuco a la espalda de la sala. Ahí, Marcus, mi perro, se paró en las dos patas y ladró arriba, donde no entraba ni la luz del sol en el día. Arrojé algunos terrones, escuchando la reacción del ser que había causado el alboroto. Nada. La noche seguía quieta, acre. Retorné resoplando a la sala, colgué el bastón, la antigua mecedora del abuelo me sintió temblar. La larga sombra del perro encaracola al quicio de la puerta, rasca el tapete y se acuesta fastidiada.
La luz de la bombilla era baja y amarilla. Las fotos en la pared lucían más antiguas. Al lado de la piel lustrosa de zorrillo, una máscara narigona se reía de mi apuro. Dormía ya cuando un golpe seco en el piso me sobresaltó, salí nuevamente veloz, con el retorcido garrote en la mano, al ingresar a nuestra cenicienta cocina pise unos pedazos de algo blando y resbalé aparatosamente, cuando prendí la luz, en el suelo los restos de unas papas que el abuelo guardaba como semilla, estaban devoradas malamente, despedazadas. Entre las raicillas y cáscaras el costal de yute tenía un largo desgarrón. Cogí el madero y llame con cólera al can:
— ¡Marcus! Perro dañino ¿dónde andas?
Y agachando la cabeza llegó a la puerta, mirando mi cólera y el bastón, se encogía en señal de humildad, moviendo ligeramente la cola. Intente cogerlo para revisar su boca, pero huyó. Estaba oliendo terrible, mañana mismo lo llevaría al río a bañarlo. Volviendo a la mecedora escuche como tomaba agua a grandes bocanadas en las tinajas del patio.
Meciéndome contemplaba aquella piel de zorrillo, negra, lustrosa, sobre el lomo dos listones tupidos de cerdas blancas. El campesino que me había vendido dijo que lo capturó por agravioso. Y si, claro, lucía unas afiladas garras en las manos y pies, duras y blanquecinas, creo que seguían creciendo, aún después de sacrificarlo. Su cabeza en forma de triángulo, con unos rasgados ojillos. Su cola esponjosa rematada por una mancha blanca.
El frío me hizo traer un poncho de color tabaco; vertí café humeante en una onza de coñac. Los tañidos broncos de las campanas de la iglesia mayor, resonaron en el pueblo. No demorarían mucho en retornar la familia del novenario. Fortalecido por los sorbos calientes del café y emponchado, decidí dar unas vueltas por la solitaria plaza. A pesar de las farolas y la luna, retazos de neblina difuminaban contornos. A la segunda vuelta de la gran plaza, a unos pasos míos atravesó, impertinentemente, con la cola negra erguida, amenazante. Su caminar garboso, rasguñando las piedras de la calzada, ocupadísimo para percatar mi presencia, era un zorrillo negro perdiéndose entre la bruma, el aire nuevamente tenía su olor. Escupí varias veces el pestilente hedor, y retorné a la casona.
Al ingresar Marcus estaba furibundo ladrando a la puerta cerrada de la sala, se paraba en sus dos patas intentándola abrir, corría hacia la huerta y volvía desesperado. Remangue el poncho, en la cocina cogí un mellado machete, prendí todas las luces, abrí el portón de la sala de par en par. Nada. Desde el alto ventanuco se filtraba el olor acre de zorrillo. Me deje caer en la mecedora, pero me incorporé atónito, temblando; el perro entró y se puso a gruñir y ladrar, los dos mirábamos ahí donde una vez había estado la piel de la mofeta, ¡no había nada! Sólo rasguños oscuros en la pared que llegaban a la alta ventanilla. El hedor a zorrillo era insoportable. Hasta la madrugada revise toda la casona. No encontré la menor huella del animal o su pellejo.
Los campesinos cercanos al pueblo no pueden cazar un escurridizo zorrillo, que les revuelve surcos enteros de su mejor papa, en busca de aquellos gusanos blancos y gordos de los que se alimenta. En esas noches de luna menguante el hedor es mas fuerte.
A los tiempos, donde estuvo el cuero de animal he puesto un insomne reloj, pero aún así, a veces despierto en la mecedora, esperando ver de nuevo esa piel estirada, con su crin lustrosa, y no esos rasguños que aún marcan la pared. Mi perro no ha olvidado también, antes de dormir gruñe al reloj, y cuando despierta da unos ladridos roncos, sofocados a las huellas patizambas que huyen pared arriba.
Clístenes el colibrí errante
La tarde lila. En el brazo más alto de un robusto “pate”, bajo cuyo sobaco adheridos unos caracoles pardos en espera de las lluvias; sobre él una pareja de torcazas se arrullaban. Habían pasado todo el día persiguiéndose, buscando juntas insectos entre la hojarasca, acezando por el calor de la tarde, avizorándose los peligros; ya pronto sería tiempo de hacer nido, ahora descansaban lejos de las piedras voladoras de los rapaces que cuidaban los sembríos; abajo al fondo del valle el río Chusgón, calmo, se deslizaba apacible llevando de sus riberas el reflejo de los sauces llorones, de los alisos, de las cortaderas con sus meditabundas flores, de las vespertinas estrellas. Alisándose semidormidas las torcazas, espectaban el lento avance de una camioneta por la brecha rojiza, allá no muy lejos, en la carretera.
Una detonación deshojo algunos hualangos, vomitó un breve relámpago, y allá en la fronda aleteo sobre el tronco antes de caer al suelo la torcaza; el “pugo” salió volando bajo, y se poso mucho mas lejos, sobre un “culsón” espinoso, tiritando sus alas, miraba azorado, si había retorno de su compañera.
De sobre el capot de la camioneta una voz campesina:
- ¡cayo una nomás monseñor!
Y desde la puerta abierta de la cabina, quebrando con cuidado la escopeta y extrayendo los cartuchos, una calva con algunos crespos canos sobre las sienes, y en neto español:
- Pues hombre vete a cobrar la pieza, antes que la noche nos coja por acá.
Oyó acercarse los pasos entre la hojarasca y las piedrecillas sueltas, vio los llanques viejos, y desde la arboleda emergió velocísimo, pequeño y fulgurante. Quebró su vuelo lineal y se sostuvo en el aire, girando en círculos. El vaho de la ceja de selva se mezclaba con el parpadeo de algunas luciérnagas enamorándose. Emitió un crujido agresivo y zumbando trasmontó las quebradas, arriba donde nacían los ríos; sólo a veces en las peñas ariscas unas flores de “mum mum” lo entretuvieron. Raudo llegó a un bosque de sombríos alisos. Había anochecido. En la copa del mas robusto árbol, el colibrí errante, esponjándose para soportar el frío durmió la noche.
La mañana llegó con unas nubes que se arrastraban entre los árboles humedeciéndoles.
Unos zorzales, casi cenicientos con picos y patas coralinas empezaron a alborotar el follaje. Desde la pared inaccesible de la cañada, salió de su ahujero horadado en la arenisca, gritando escandalosamente una gallareta picuda.
Una pareja de tordos, peleándose, despedazaban granos de maíz en sus recios picos. A saltos y vuelos cortos seacercaron donde reposaba el colibrí, éste, hizo vibrar sus alas un instante, sacudió su cuerpecito, y su ligerísima sombra enrumbó veloz tras él.
Había tenido impulsos de oscilar en el aire, bailando ante otros pájaros, se posó en las ramas más altas, pió a los vecinos y nadie lo entendió. Lo ignoraron, y a veces chillaron amenazantes.
Fugaz atravesó gélidas punas cubiertas de ichu, cuyas pajas lucían escarcha blanca en sus puntitas.
En su trayecto al borde de los caminos, cercando las chacras el agave azul erguía altísimas inflorencias, bebió el néctar rápido en las múltiples flores del maguey.
El viento castañeteaba las duras semillas de un inmenso “nabisco”, entre sus ramazones deshojados eligió el mas inaccesible para posar sus cortas patitas. No duro mucho su descanso. En un solitario eucalipto se delineo entre la fronda un gigantesco búho de espaldas, esté, giro sólo la cabeza, unos ojos de mandarina, terribles, midieron las distancia entre él, y el colibrí errante, y, sus garras complacidas hincaron la corteza olorosa. El picaflor huyó aterrado.
Se sintió huérfano en las inmensas sierras. Cansado de vagar, siguió una polvorosa trocha, a la orilla de un inmenso espejo; arriba el cielo añil, abajo azul acero. Pió de contento, hizo zumbar sus plumas al verse cruzando el fondo arenoso de Sausacocha. Volvió a cruzar y un cauto oleaje borró su imagen. Retornó triste, convencido de que era el único, que nadie tenía plumas turquesas, azules, doradas, rojas, metálicas, capaces de reflejar el sol.
Un silencioso caserío con generosos jardines trajo su atención, delante de cada casa, bulgavillas: trepando los portones bulgavillas rojas; derramando sus flores sobre las pircas, bulgavillas moradas; encaramándose a los árboles cercanos, bulgavillas naranjas.
Y dentro en los jardines, cantutas, fucsias, gladiolos. Estuvo entretenido toda la mañana, su pico como una espina marrón de “karakashua”, estaba impregnado de polen, amarillito.
Llenó de néctar se puso a descansar bajo un alero de tejas rojas. Atisbo todos los jardines y decidió vivir ahí.
Conoció a pájaros piernas largas; a patillos iracundos que se precipitaban desde alto a las aguas de la laguna cercana. Ahí fue la primera vez que siguió con curiosidad a una descuidada picaflor, ella no se dio por aludida, y desapareció tras un cerro carcomido, donde unos negros socavones tragaban a los hombres y en la tarde los escupían flacos, empolvados. Y otros, casi ya entrada la noche, portando una triste lámpara de carburo, eran engullidos hasta la mañana siguiente.
A su retorno al caserío lo distrajeron unas “achupallas”, aquellas bromelias rojas, sobre unos árboles oscuros, viejísimos; cargados de un enredijo de liquen plomizo descolgándose. Un floripondio emanaba fragancia desde una multitud de flores cremas, desde él, se puso a contemplar el riachuelo que bajaba vivaracho, topeteando con pelados pedrones, lambiendo el límpido cascajo de sus riberas.
Siguió el curso y fue a dar con un precipicio, donde el agua bufaba cayendo en una poza redonda....
No llego a ti,
sólo
un viento mece su torpeza en las fucsias
y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche.
Estás lejos.
Y para llegar a ti,
prendo una vela en el fondo oscuro de mi casa;
pueda que llegues
repentina
como siempre.
Descuidado corazón de higo maduro,
entraña de sueño.
Arden mis labios sobre las palmas de tus manos,
surcan la noche de una estrella a otra
miden orillas, desbordan precipicios.
Luis Leoncio Flores Prado, nació en Huamachuco, donde estudió la primaria y terminó la secundaría en el Colegio Nacional San Nicolás, estando a cargo de la organización y Funcionamiento de la Biblioteca del Turno Nocturno.
En agosto de 1984 ocupó el primer puesto en el Concurso Literario referente a la Vida y Obra de Florencia de Mora de Sandoval, organizado por la Beneficencia Pública de Huamachuco
Estudios Superiores incompletos de la Especialidad de Historia, en la Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle”, y en la Universidad Mayor de San Marcos en la especialidad de Arte.
Representando al Municipio Provincial de Huamachuco, fue el encargado de trasladar al Museo del Banco Central del Reserva del Perú, el óleo con el retrato de José Faustino Sánchez Carrión para su restauración en junio del 2002.
Integrante del Comité de Defensa de los Derechos Humanos de Sánchez Carrión, responsable de las Juntas Coordinadoras, como tal a asistido a eventos organizados por APRODEH, el Instituto de Defensa Legal , Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.
Fue Presidente del la Asociación de Escritores y Artistas en Sánchez Carrión, ASESAR-SC, ahora es el Presidente de la Asociación de Escritores "Ciro Alegría" en Huamachuco, periodo 20100 - 2011.
Dentro del Gremio Nacional de Escritores desempeña el cargo de Fiscal. 2010 - 2011.
Ha publicado:
"Oscura Invocación" -Poemario 2002
"Corazones Galgas Despeñándose" -Relatos, cuentos 2008
“El Quishpi Cóndor”. -Analisís antropologico de una danza milenaria.
“Chuyugual” “Memoria de uno de los ahijaderos de Florencia de Mora y Escobar para los indios de Huamachuco”. - Historía Colonial.
Participa en:
Revista Literaria Granizolunar
Katipando boletín del la Asociación de Escritores Ciro Alegría.
¿Porqué "granizolunar"?
RAZONES DE GRANIZOLUNAR
Arremolinado, cabalgando sobre el Amaru andino, sobre el Calluash culli, retorciéndose por entre las nubes, combatiendo con los rayos de Catequil, fulgurando en los inviernos serranos, ametrallando las tardes tenebrosas de invierno. Furioso prueba nuestra persistencia, marca rotundamente los macollos de los maíces, deshace los papales, es nuestra corajuda ira, contigo hemos combatido durante milenios, y cada uno tiene su tarde victoriosa.
Cuando el granizo crepita sobre los tejados, saltando eufórico en el suelo, inundando de blancor toda la sierra. Sobre él caminamos, crujiente bajo nuestros llanques, pequeños fragmentos arrancados de la luna, de esa gran luna del plenilunio. De la Mama Quilla, solitaria musa, moradora de insomnios, parco lanzarillo de caminantes, roturadora nocturna, medallón de las hilanderas, luna nueva y vieja, luna verde de Lorca, luna llena, luna ombligo del cielo, cordón umbinical.
Así la luna, llegando en ráfagas violentas a mis manos, ardiéndolas, y el granizo gigante congelado en los aleros ocres de mi pueblo, hundido en el cielo azul de agosto.
Por eso GRANIZOLUNAR.
Presentación de la revista granizolunar número 2 en Huamachuco




Portada de "granizolunar N. 1"

4 mar 2010
CELEBRACIÓN DEL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER
HOMENAJE A ESTHER CASTAÑEDA
JOSE MARIA ARGUEDAS ES DE TODOS LOS PERUANOS
Por: Samuel Cavero Galimidi ©
Los escritores peruanos –sin que esto sea una generalización o diatriba– antes que dedicarnos a escribir bien y ser artífices de la palabra creando y divulgando siempre nuestras creaciones y ser además promotores de lectura en nuestra sociedad, somos hombres muy apasionados a realizar homenajes póstumos a otros. Lo que no está mal pero no es nuestra única tarea ni debemos distraernos en aspectos no relevantes si es que a eso vamos. En esa línea los centenarios continúan y el de Arguedas se acerca.
Y esta es una invitación para que por todos leamos y releamos con ojo crítico los interesantes estudios de Arguedas hechos por distinguidos escritores, catedráticos e investigadores, entre ellos: Francisco Carrillo, Tomás G. Escajadillo, Ricardo Gonzáles Vigil, Alberto Escobar, Mildred Merino de Zela, Joaquín de Montezuna de Carvalho, Luis Alberto Ratto, Emilio Adolfo Westphalen, Jhon V. Murra, Mario Vargas Llosa, Humberto Collado Román, Humberto Collado Román, Roland Forgues, entre otros.
Su pensamiento y acción deben valorados y ser analizados, a mí entender, de manera objetiva y desapasionada; vale decir no solo con Encuentros y Congresos de escritores, sino además y fundamentalmente con: congresos de antropología, concursos literarios, de ensayo y folklore que honren su literatura y pasión artística, con recitales de música, pasacalles, con talleres literarios, muestras de teatro, cine, conferencias y lecturas de sus obras en lugares públicos y centros educativos, todo estro sin excesivos apasionamientos ideológicos y políticos.
Soy contrario a la sobreestimación o subestimación ideológica y política del pensamiento arguediano. Prefiero lo literario y su obra monumental como legado eterno. Creo que la mejor manera de honrar el pensamiento de José María Arguedas es valorarlo en su exacta dimensión literaria, científica, académica y humana.
Según el investigador Rodrigo Montoya nuestro escritor nunca fue un militante organizado de izquierda. Pasó por la izquierda, en un momento fugaz de su vida en 1931, y fue una experiencia muy dolorosa para él. Desde 1931 hasta 1964 anduvo solo en un combate aislado. Su propia vida en familia está marcada por un sino de gitanismo, tragedia y fatalidad. En ese sentido lo que se debe valorar sobretodo en José María es el discurso, sus aportes antropológicos, su apostolado y su literatura de gran respeto por la cultura quechua y por la cultura indígena en general, que estuvo sustentado en la práctica por un reconocimiento y valoración. Con Arguedas y su literatura el Perú y Latinoamérica se han fortalecido en su alma e identidad cultural.
Es verdad que José María Arguedas es un creador genial, irremplazable, vital, multidimensional, reformador de una nueva nacionalidad, gran apasionado en la trincheras del arte y la reflexión, lo que nos obliga en el Centenario de su nacimiento que estamos próximos a conmemorar (cuidado que su centenario real no es el 2010 sino el 2011, pues nació el 18 de enero del 1911) a entenderlo en toda su complejidad y entender al Perú como totalidad social, donde lo indígena, lo campesino, lo andino, lo cholo, no sea politizado, exacerbado, , excluido, minimizado o ignorado.
¿Dónde debe ser homenajeado Arguedas?
En todo el Perú, y fundamentalmente en todos los centros educativos y culturales, independientemente de otros homenajes y recogimientos nacionales e internacionales. Bien merecido los tiene. Un lugar vital es Andahuaylas, ciudad donde nació, pero no es la única, ni debe serlo. Asimismo está Lima, ciudad donde vivió, estudió, trabajó intensamente y falleció. La universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Agraria fueron centros rectores de su saber y su pensamiento. Vemos lo que dice de Sana Marcos:
“Cuando ingresé a la Universidad de San Marcos de Lima, en 1931, encendido mi espíritu por la revista Amauta y la promesa de un mundo mejor para todos los hombres, revisé la literatura que se había escrito sobre el Perú andino. La encontré inauténtica, pero ella me sirvió de guía. Ahora admiro y respeto a sus autores. Prometí, entonces revelar el mundo que ya había vivido. Prometí ofrecer la imagen veraz de ese mundo” (1).
Al referirse a la revista Amauta se refiere sin duda a José Carlos Mariátegui, le preocupaba que el movimiento dirigiera sus miras a comprender ante todo el problema de nuestro tiempo que no radica en saber cómo ha sido el Perú, “sino en saber cómo es el Perú”. Y Arguedas elabora esa visión compleja a través de su obra literaria (2).
También se propone otras ciudades que no pueden permanecer ajenas a este trascendental homenaje a Arguedas en su Centenario, ellas son Huancayo, Cuzco y especialmente Ayacucho, lugares donde estuvo viviendo e investigando, oteando los paisajes, recolectando temas literarios y presentado incluso estudios etnográficos. Chimbote, ciudad de la póstuma novela Los Zorros de Arriba, Los Zorros de abajo. Luego Santiago de Chile, ciudad donde residió, se enamoró de la chilena Sybila Arredondo desde 1964 y vive con ella un maravilloso romance haciéndola su segunda esposa, ambos hicieron valiosas amistades de intelectuales y José María intentó curarse de sus obsesiones, depresiones y ser feliz volviendo a Chile varias veces. La distinguida psiquiatra Lola Hoffmann atendió a Arguedas y Murra en los años sesenta. Sus obras publicadas: Sueños, un camino al despertar (1968).
Luego merece conocerse como parte de su itinerario personal Arequipa, que figura en su diario, ciudad donde residió su esposa. Luego fundamentalmente la ciudad de Puquio, lugar donde nací y que tanto ha servido para enriquecer su obra literaria. Su libro clásico Puquio, una cultura en proceso de cambio, es por ejemplo un texto de antropología religiosa sobre esta región andina de Lucanas. Le siguen su obra clásica y monumental Todas las Sangres que se inspira en toda la imaginería, tradiciones, rituales, importante historia y cultura andina del pueblo de Puquio. Experiencia vital. Los grandes músicos y danzantes andinos, especialmente los de Puquio y Huamanga se hallan representados de manera espectacular en la narrativa de Arguedas. Sobre Puquio y los comuneros de los cuatro ayllus nos dice que fue en ellos en quienes “sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza”.
Arguedas, recordemos, había vivido y bebido la ternura de los runas, durmió muchas veces debajo de los kiswares, estuvo siempre en contra de esa manera señorial prepotente, injusta y despectiva de mirar a la gente del ande. Y sus denuestos contra Ventura García Calderón, un escritor peruano que escribía desde Paris, sobre indios y cóndores que no conocía se dejaron sentir. Cuando en un número del Amauta leyó el listado de las características feroces de los indios en boca de otro escritor de talla como es Enrique López Albujar, sintió una enorme indignación. Arguedas debió leer todos los denuestos, desprecio y muestras de esta esclavitud contra los indígenas en las crónicas y El Mercurio Peruano. Incluso José María usa abundantemente el ancestral término peyorativo “indios”, con el que social y políticamente se marginó, enquistó y explotó a esta gente. Ahora ya pocos en nuestros grandes tiempos de mestizaje usarían ese término de por sí históricamente equivocado.
Hay un lado todavía no rescatado en su plenitud en Arguedas. Es descubrir en Arguedas al gran ecólogo, al poeta y narrador en relación con los hombres y la naturaleza; en sus notables escritos, como por ejemplo en Katatay (Editorial Horizonte, Lima, 1984) hay un gran caudal de entrañable amor y profundo respeto por la naturaleza, de reivindicación de la tierra, nuestra cultura andina y los dioses tutelares a través de la poesía y canto. Así también, como en Ciro Alegría y Alcides Arguedas, su gran literatura tiene la defensa del pobre y del indígena, un apasionado romance con los ríos, con los cielos, con los animales, y todo lo andino y prehispánico en general. De allí que Arguedas sea del pueblo. Pan del pueblo. Alma del pueblo. Arguedas decía con mucha razón algo que puede probarse históricamente:
“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que el representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres “alzamientos”, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora invencible…” (3)
El gran José María Arguedas, qué duda cabe, como Ciro Alegría, transformaron la conciencia social y política sobre la realidad y problemática de nuestras comunidades andinas respecto al otro Perú oficial centralista y urbano. Como Luis E. Valcárcel percibe claramente los movimientos del espíritu y el renacimiento indígena porque apuesta y cree en él. Valcárcel decía: “Es la raza fuerte, rejuvenecida al contacto con la tierra, que reclama su contacto con la tierra, que reclama su derecho a la acción. Yacía bajo el peso aplastante de la vieja cultura extraña”. (4)
Y me despido citando nuevamente al gran José María, cuyo espíritu estuvo atormentado y generoso, dulce e intimista, como he dicho está profundamente identificado con lo ecológico, con los andes y en especial con los animales y el mundo mítico que ellos representan:
“Creo tener, como todos los serranos encarnizados, algo de sapo, de calandria, de víbora y de killincho, el pequeño halcón que tanto amamos en la infancia. Pero en este momento recuerdo, siento, añoro muchos más a la pariwana”. (Segundo Diario de Arguedas) (5)
Referencias bibliográficas:
(1) Edgardo Pantigoso: La rebelión y la afirmación contra el indigenismo y la afirmación del pueblo en el mundo de José María Arguedas, Editorial Juan Mejía Baca, Lima, Pág. 202, 1981. Ver asimismo: José María Arguedas, “La literatura como testimonio y como contribución”. En Perú vivo. Lima, Librería-Editorial Juan Mejía Baca, 1966.
(2) Op. Cit., Pág. 20.
(3) Humberto Collado Román: El último atardecer de José María Arguedas, Editorial IRP, Pág.114, Lima, 2009.
(4) Luis E. Valcárcel, Tempestad en los Andes (1927), reedición de USMP, Pág. 11, Lima, 2000. Recomiendo ver además su: “José María Arguedas”, Revista Peruana de Cultura, Lima, diciembre de 1970.
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